Preservación y archivo
Archivo vivo: cómo se restaura una memoria fílmica
El taller de preservación del APA abre su proceso al público
Hay un momento, al abrir una lata de 16 mm que lleva veinte años cerrada, en el que el olor a acetato llena la sala antes de que se vea un solo fotograma. El equipo de preservación del festival trabaja desde hace tres ediciones con materiales que llegan así: bobinas cedidas por familias del barrio de Quart, guardadas en armarios, cajas de zapatos o debajo de una cama. Ninguna viene con ficha técnica. Casi ninguna viene con sonido.
El proceso empieza con una inspección manual. Se revisa el estado del soporte, se detectan empalmes antiguos, hongos, y se mide el nivel de acidez con tiras reactivas. Solo después la bobina pasa a la mesa de limpieza, donde se retira el polvo con paños de microfibra y un baño suave de alcohol isopropílico. Es un trabajo lento: una bobina de diez minutos puede ocupar una jornada entera antes de llegar al escáner.
Del escaneo al catálogo
El escaneo se hace fotograma a fotograma en un equipo de 2K, con una resolución que respeta el grano original. Los archivos se nombran siguiendo un código interno que combina el número de donación, la fecha de recepción y el orden de la bobina. Cada fragmento se cataloga con una ficha que recoge procedencia, estado, duración estimada y cualquier anotación que haya hecho la familia al entregarla. Esas notas, a veces escritas a mano en un papel doblado, forman parte del archivo tanto como la imagen.
Una decisión que genera preguntas en cada taller abierto: por qué algunas piezas se proyectan sin sonido. La respuesta no es técnica, es ética. Cuando la banda sonora original no se conserva, el equipo evita añadir música o ambientes que no estaban. Se proyecta la imagen tal como llegó, con el silencio como parte del material. Alterar eso sería inventar una memoria que no es la que la familia guardó.
Lo que se muestra y lo que se guarda
El taller abre al público dos sesiones por edición. En ellas se puede ver la mesa de digitalización en funcionamiento, tocar una bobina descartada para entender su textura y escuchar al equipo explicar los criterios de selección. No todo lo que se restaura se proyecta en el festival: algunos materiales se devuelven a las familias digitalizados, sin pasar por sala. Esa parte del trabajo no aparece en el programa, pero es la que sostiene la relación con el barrio.
Para esta edición, el archivo incorpora veintitrés bobinas nuevas, la mayoría grabaciones domésticas de los años setenta y ochenta. El equipo ya ha identificado tres piezas que dialogan con el eje temático del festival: personas, memoria y tecnología. Se verán en la sección Archivo Vivo, con presentación del equipo de preservación.